A los diecinueve años, Atenea se sentó sola en el taller por primera vez. Con su padre a su lado, creó un sencillo colgante de plata: una forma ovalada con un delicado acabado martillado.
Su madre lo colocó con cuidado en la vitrina. Ese mismo día, una clienta entró y lo compró.
Por primera vez, Atenea sintió que sus manos no solo copiaban, sino que hablaban. Podían crear algo que contara una historia con un profundo sentimiento.
Se hizo cargo del taller a los 22 años; joven, pero llena de visión.
Tras la jubilación de sus padres, Atenea se enfrentó a una decisión: vender o continuar.
Eligió el camino audaz: reestructurar las operaciones, contratar personal temporal y renovar la sala de exposición. Todo con el objetivo de fusionar tradición y modernidad.
Un incendio que lo destruyó todo y lo reavivó...
En el verano de 1989, ocurrió lo inimaginable: un cortocircuito en el taller provocó un incendio que lo destruyó todo: herramientas, joyas, fotos...
A pesar de que fue un duro golpe para la familia a nivel emocional y económico.