Hecho a mano, desde el corazón — llevado por la luz y la memoria.
Lo que empezó como un ritual íntimo poco a poco se convirtió en un llamado.
Artesanal. Desde el alma. Guiado por la memoria y el significado.
Un día hice una pulsera de piedra luna para una amiga querida que había perdido a su bebé.
Cuando abrió la caja, lloró. No porque fuera “bonita”,sino porque se sintió vista. Comprendida.
Ese momento sigue conmigo hasta hoy.
Hoy tengo 70 años. Sigo creando cada pieza a mano, en mi hogar en Ciudad de México. Mi estudio es sencillo: una mesa de madera, una ventana llena de luz y una libreta silenciosa con historias como la mía.
La piedra luna sigue siendo el corazón de todo.
Para mí, nunca fue solo una gema.
Es un recuerdo.
Esa sanación puede ser silenciosa.
Esa suavidad es fortaleza.
Esa luz permanece dentro de nosotras—aunque a veces olvidemos que está ahí.
Después de muchos años tranquilos y plenos, siento que es momento de soltar.
Me retiro y cerraré mi taller este fin de semana.
Tomo esta decisión en paz. Con ternura. Con profunda gratitud.
No crearé nuevas colecciones.
Lo que queda ahora son las piezas finales —compañeras silenciosas para quienes han atravesado su propia noche oscura, para quienes están aprendiendo a escucharse de nuevo, para quienes están listas para recordarse.
Estas piezas finales no son un final.
Son un adiós silencioso—cada una lleva el mismo espíritu con el que todo comenzó en Atenea.